
UN PANORAMA QUE ABRASA
“En el mejor de los casos, en las emergencias humanitarias, la educación no es un factor que se priorice; en ocasiones, ni se tiene en cuenta. Hay que romper esta dinámica, incluir la educación en el debate humanitario, porque es un derecho que las personas nunca pierden. Y prestar una mayor atención a los niños con discapacidad. Sólo el 5 por ciento de estos niños, en zonas de conflicto, terminan la educación primaria”, explica Laura López de Cerain, directora de Cooperación Multilateral, Horizontal y Financiera de la AECID. “La educación ayuda a superar situaciones traumáticas, a restablecer la paz, a evitar la invisibilidad de las atrocidades y acabar con ellas. La educación permite contrarrestar la marginalidad que provoca la discapacidad”, concluye, a la vez que destaca los acuerdos de colaboración que mantiene la entidad gubernamental con la Fundación ONCE y con el Comité Español de Representantes de personas con Discapacidad, CERMI, para incluir la discapacidad de manera trasversal en las políticas, programas y proyectos de cooperación para el desarrollo.
Las palabras de Juamna Trad, presidenta de FPSC, son más crudas: “estamos asistiendo a la mayor catástrofe humanitaria desde la II Guerra Mundial”. Cita al Alto Comisariado de la ONU para los refugiados. Los conflictos de Siria y Libia han provocado doce millones de desplazados. Doce. Casi los habitantes de Bélgica. Por ejemplo. Las bajas de guerra de finales del XX y del XXI las engrosan los civiles. Un 90 por ciento. Los ataques israelíes a escuelas de la ONU u objetivos similares dan buena cuenta de lo que hablamos. Pero el fin de las hostilidades no mejora la situación de los países. El Congo, diez años después de finalizar la guerra, tiene el mayor índice de mundo de niños sin escolarizar.
¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS NO ESCOLARIZADOS?
Hay países que hacen cuanto está en su mano para enmendar esta situación. Incluso países que ya tienen -y no pocos- sus propios problemas domésticos. Líbano asume en estos momentos el mayor índice mundial de acogida a refugiados, un 24 por ciento de su población. “Líbano no tiene campos de refugiados, los refugiados están por todas partes, en nuestras casas, en instituciones, y es bueno que así sea”, puntualiza Fady Yarak, director general de Educación del Líbano, y colaborador de la UNESCO. De la población refugiada, cuatrocientos mil son niños entre 5 y 18 años. “No teníamos escuelas suficientes, hemos tenido que construir muchas, levantar otras tantas prefabricadas, establecer dos turnos de enseñanza, formar a profesores para que respeten la cultura de los acogidos… Aún así, no sabemos dónde están los niños no escolarizados, que son casi la mitad, doscientos mil (más que la población entera de Segovia). Sabemos que viven en Líbano, pero no van a la escuela”, prosigue.
Para mantener esta estructura educativa, Líbano necesita 120 millones de dólares anuales. Recibe 85 de las instituciones europeas, norteamericanas, de otros países próximos, de donantes anónimos, etc., pero eso es sólo el gasto relativo a la educación. “Habría que hablar de las viviendas de esos menores, de cómo acceden al transporte, posible en muchísimos casos únicamente por la acción de distintas ONG, de mejorar la coordinación a todos los niveles… Hacemos cuanto está en nuestra mano, pero no es suficiente”.
La pobreza no explica siempre la guerra. La República Democrática del Congo es un buen indicador del axioma. Con la segunda selva tropical más grande del mundo, sus nueve meses de lluvias (bastaría arrojar al azar un puñado de semillas para que germinasen), sus 70 millones de habitantes (el 93 por ciento, con menos de 65 años), y su 80 por ciento de las reservas de coltán de todo el mundo (imprescindible para producir cualquier artilugio electrónico de hoy en día), los congoleños viven con menos de un dólar al día. No tiene, siquiera, escolarización obligatoria, con lo que, en manos privadas, es impensable llevar al niño a la escuela y, de poder, se lleva al niño, es decir, a ellos. Ellas guardan la casa.
“Yo soy un ejemplo de lo que la educación consigue”. Licenciada en Medicina -sin haber tocado un ordenador en el país que los hace posibles-, Louise Lalu concluyó sus estudios con un máster en Salud Pública Internacional. Colabora con organizaciones como FPSC o Harambe en proyectos de educación y salud. “Sin educación, la mujer no es persona, no sabe siquiera que tiene derechos”, apostilla. Resulta difícil no evocar al escuchar esta sentencia las palabras de la Nobel de la Paz Malala Yousafzai: “que sea la última vez que se le diga a una niña que la educación es un delito y no un derecho”.
Sur Sudán (uno de los países más recientes) acoge a 80.000 refugiados –la población de Toledo- provenientes de Uganda. 32.000 son niños en edad escolar. Pablo Funes, coordinador del Departamento de África y Acción Humanitaria de la ONG Entreculturas, que realiza en la zona labores de educación, junto con el ‘Servicio Jesuita al Refugiado’ y ‘Fe y Alegría’, destaca que la educación que se ofrece a estos niños en zona de conflicto “es una educación de calidad, dentro de nuestras posibilidades, que fortalece las capacidades y disminuye la vulnerabilidad, que promociona la paz y la recuperación psicosocial”.
Super buena la informacion compañera me enctanto... mucha suerte
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