viernes, 26 de junio de 2020



EDUCAR, ¿Y DESPUÉS QUÉ?
Las ONG, los organismos internacionales y nacionales, diferentes entidades privadas, voluntarios, cooperantes, todos tratan de garantizar el acceso a la educación a los niños en zonas de conflicto. “La cuestión que habría que plantear es ¿para qué les educamos? ¿Qué futuro queremos que tengan? Con respecto a los niños con discapacidad, a día de hoy hay poca evidencia de lo que funciona, necesitamos muchos más datos de los que disponemos para saber de qué modo mejorar las cosas. En ocasiones, tenemos niños en nuestras aulas que no reciben el apoyo necesario porque no sabemos que tienen discapacidad”, plantea María Kett, directora adjunta del Centro Leonard Cheshire para la Discapacidad y el Desarrollo Inclusivo.
“Hablo, por ejemplo, de zonas como Sierra Leona, donde sabemos que la discapacidad multiplica por tres el riesgo de sufrir violencia. La Convención de la ONU define la discapacidad en tanto que la interrelación de una persona con su entorno. Podemos educar a los niños pero, ¿qué sucede con el acceso a la sanidad, al agua, a la comida, la necesidad de desplazamiento? Todas estas cuestiones también atañen a la educación, y también hay que resolverlas”, continúa Kett. “En 2010, en Darfur, el 46 por ciento de los niños con discapacidad entre 6 y 14 años estaban escolarizados, pero no se tenía constancia de que participasen socialmente en alguna actividad de su entorno”.
“La discapacidad no está presente en los programas de educación con la importancia que debiera; a eso se suma que tampoco se observa de modo específico en los programas de vacunación, de alimentación suplementaria, etc. Además, habría que trabajar en proyectos a largo plazo porque, aunque cese el conflicto, un país no empieza a remontar hasta, como poco, los cinco años siguientes, y durante ese tiempo deberíamos seguir presentes en esas zonas”.
Garantizar la educación, pero también cambiar el modelo. Trocar la caridad por derechos. No es fácil en las zonas de las que hablamos. Si en España, país paradigmático tanto por su normativa en materia de discapacidad como por sus instituciones dedicadas al movimiento asociativo (Fundación ONCE, Cermi) ese trueque –modelo de derechos en vez de asistencial- es de reciente y fatigosa implantación imaginen en países en conflicto. Incluso en zonas donde hay una cierta sensibilidad hacia la discapacidad, caso del Líbano, país que reserva el 4 por ciento del empleo público para personas con discapacidad (que no se consigna por falta de formación adecuada), se detectan discriminaciones mayúsculas: pese a disponer de una legislación más o menos garante de los derechos del colectivo, excluye del mismo a personas con discapacidad intelectual y mental.
“En Líbano no contamos con transporte público; por supuesto, servicios como la policía o la asistencia sanitaria no están adaptados, las escuelas son inaccesibles, los niños con discapacidad estudian en colegios segregados, no hay alternativa para quienes podrían acudir a un centro normalizado. Pero hacemos cosas. Gracias a la ayuda internacional, hemos adaptado diez espacios públicos. Un parque, por ejemplo. También, en colaboración con Technosite, empresa dedicada a las tecnologías accesibles de Fundación ONCE, hemos abierto una plataforma digital que centraliza todos los recursos de que disponen las personas con discapacidad (www.accesibilityforpwd.org). Poco a poco, tratamos de mejorar su calidad de vida. Y no renunciamos a algo fundamental para nosotros, la vida independiente”, especifica Georges Xanthopoulos, director de Movilidad y Empleo en Arcenciel y miembro del comité de expertos para las normas libanesas de accesibilidad.


sábado, 13 de junio de 2020


UN PANORAMA QUE ABRASA
“En el mejor de los casos, en las emergencias humanitarias, la educación no es un factor que se priorice; en ocasiones, ni se tiene en cuenta. Hay que romper esta dinámica, incluir la educación en el debate humanitario, porque es un derecho que las personas nunca pierden. Y prestar una mayor atención a los niños con discapacidad. Sólo el 5 por ciento de estos niños, en zonas de conflicto, terminan la educación primaria”, explica Laura López de Cerain, directora de Cooperación Multilateral, Horizontal y Financiera de la AECID. “La educación ayuda a superar situaciones traumáticas, a restablecer la paz, a evitar la invisibilidad de las atrocidades y acabar con ellas. La educación permite contrarrestar la marginalidad que provoca la discapacidad”, concluye, a la vez que destaca los acuerdos de colaboración que mantiene la entidad gubernamental con la Fundación ONCE y con el Comité Español de Representantes de personas con Discapacidad, CERMI, para incluir la discapacidad de manera trasversal en las políticas, programas y proyectos de cooperación para el desarrollo.
Las palabras de Juamna Trad, presidenta de FPSC, son más crudas: “estamos asistiendo a la mayor catástrofe humanitaria desde la II Guerra Mundial”. Cita al Alto Comisariado de la ONU para los refugiados. Los conflictos de Siria y Libia han provocado doce millones de desplazados. Doce. Casi los habitantes de Bélgica. Por ejemplo. Las bajas de guerra de finales del XX y del XXI las engrosan los civiles. Un 90 por ciento. Los ataques israelíes a escuelas de la ONU u objetivos similares dan buena cuenta de lo que hablamos. Pero el fin de las hostilidades no mejora la situación de los países. El Congo, diez años después de finalizar la guerra, tiene el mayor índice de mundo de niños sin escolarizar.


¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS NO ESCOLARIZADOS?
Hay países que hacen cuanto está en su mano para enmendar esta situación. Incluso países que ya tienen -y no pocos- sus propios problemas domésticos. Líbano asume en estos momentos el mayor índice mundial de acogida a refugiados, un 24 por ciento de su población. “Líbano no tiene campos de refugiados, los refugiados están por todas partes, en nuestras casas, en instituciones, y es bueno que así sea”, puntualiza Fady Yarak, director general de Educación del Líbano, y colaborador de la UNESCO. De la población refugiada, cuatrocientos mil son niños entre 5 y 18 años. “No teníamos escuelas suficientes, hemos tenido que construir muchas, levantar otras tantas prefabricadas, establecer dos turnos de enseñanza, formar a profesores para que respeten la cultura de los acogidos… Aún así, no sabemos dónde están los niños no escolarizados, que son casi la mitad, doscientos mil (más que la población entera de Segovia). Sabemos que viven en Líbano, pero no van a la escuela”, prosigue.
Para mantener esta estructura educativa, Líbano necesita 120 millones de dólares anuales. Recibe 85 de las instituciones europeas, norteamericanas, de otros países próximos, de donantes anónimos, etc., pero eso es sólo el gasto relativo a la educación. “Habría que hablar de las viviendas de esos menores, de cómo acceden al transporte, posible en muchísimos casos únicamente por la acción de distintas ONG, de mejorar la coordinación a todos los niveles… Hacemos cuanto está en nuestra mano, pero no es suficiente”.
La pobreza no explica siempre la guerra. La República Democrática del Congo es un buen indicador del axioma. Con la segunda selva tropical más grande del mundo, sus nueve meses de lluvias (bastaría arrojar al azar un puñado de semillas para que germinasen), sus 70 millones de habitantes (el 93 por ciento, con menos de 65 años), y su 80 por ciento de las reservas de coltán de todo el mundo (imprescindible para producir cualquier artilugio electrónico de hoy en día), los congoleños viven con menos de un dólar al día. No tiene, siquiera, escolarización obligatoria, con lo que, en manos privadas, es impensable llevar al niño a la escuela y, de poder, se lleva al niño, es decir, a ellos. Ellas guardan la casa.
“Yo soy un ejemplo de lo que la educación consigue”. Licenciada en Medicina -sin haber tocado un ordenador en el país que los hace posibles-, Louise Lalu concluyó sus estudios con un máster en Salud Pública Internacional. Colabora con organizaciones como FPSC o Harambe en proyectos de educación y salud. “Sin educación, la mujer no es persona, no sabe siquiera que tiene derechos”, apostilla. Resulta difícil no evocar al escuchar esta sentencia las palabras de la Nobel de la Paz Malala Yousafzai: “que sea la última vez que se le diga a una niña que la educación es un delito y no un derecho”.
Sur Sudán (uno de los países más recientes) acoge a 80.000 refugiados –la población de Toledo- provenientes de Uganda. 32.000 son niños en edad escolar. Pablo Funes, coordinador del Departamento de África y Acción Humanitaria de la ONG Entreculturas, que realiza en la zona labores de educación, junto con el ‘Servicio Jesuita al Refugiado’ y ‘Fe y Alegría’, destaca que la educación que se ofrece a estos niños en zona de conflicto “es una educación de calidad, dentro de nuestras posibilidades, que fortalece las capacidades y disminuye la vulnerabilidad, que promociona la paz y la recuperación psicosocial”.




viernes, 5 de junio de 2020

SECUESTRAR LA EDUCACION 

Uno de los sucesos más tristes sobre cómo la guerra pone en peligro la educación ocurrió en Nigeria, en abril de 2014. El grupo terrorista Boko Haram secuestró a casi 300 chicas adolescentes del instituto público de su ciudad.
Algunas chicas murieron en manos del grupo armado, otras pudieron escapar y el resto han sido liberadas progresivamente hasta este año. Una vez más, las estudiantes fueron utilizadas como moneda de cambio en un conflicto.
Los niños y niñas que viven en zonas afectadas por la guerra y la inseguridad no pueden ir a colegio con normalidad. En el caso de las niñas, esa probabilidad se multiplica por dos. Y en el caso de que puedan llegar al colegio, las clases se interrumpen y quedan anuladas a menudo.
Estas circunstancias suelen acabar con su futuro y sus posibilidades de encontrar un buen trabajo sean mayores.

Yemen, tres años de conflicto


Desde 2015, la República de Yemen es el escenario de una guerra civil que cada vez es más violenta y ya ha provocado 50.000 víctimas mortales.
Como en la mayoría de conflictos, los niños son los más afectados y quienes sufren más las consecuencias: cerca de medio millón de escolares han dejado de ir a clase y ya hay dos millones de niños sin escolarizar en el país.


Además, hay más de 2.500 escuelas afectadas por los combates y casi tres cuartas partes del profesorado de las escuelas públicas hace más de un año que no recibe su salario, según datos de Unicef.
Todos estos factores ponen en peligro el futuro de los más pequeños. Al menos 2.419 niños han sido reclutados para los combatesen Yemen, mientras que el número de matrimonios infantiles ha aumentado.
Hasta que la guerra no acabe, los niños seguirán sin un acceso seguro al colegio, temiendo los bombardeos en clase, viéndose obligados a escapar del conflicto y renunciando forzosamente a su educación.


https://www.lavanguardia.com/vida/junior-report/20180913/451776332296/educacion-peligro-guerra-conflicto-armado.html